viernes, 6 de mayo de 2011

El díscipulo recién llegado

El maestro vió al aprendiz de guerrero recién llegado y le preguntó:
- "¿Qué esperas de un maestro?"
El aprendiz respondió:
- "Espero su luz, que me ilumine".
El maestro sonrío y le dijo:
- "Pues haz venido al lugar equivocado"
- "No puede ser" replicó el parendiz. -"Si usted es considerado entre los sabios de la comarca como el más iluminado. O, ¿es que no quiere compartir conmigo su luz?"
El maestro respondió:
- "La gente desea ser iluminada, sin embargo, los maestros lo único que hacemos es servir de espejo. Así las personas a nuestro alrededor pueden descubrir su luz interior e iluminarse a si mismos y a la vez convertirse en espejos para los demás."

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Muchas veces buscamos fuera las respuestas que solo nuestro corazón y nuestra sabiduría interna pueden responder. Otras veces responsabilizamos a los demás de nuestro sufrimiento, cuando está en nosotros dejar de sufrir. Porque aunque nuestra pareja, nuestros padres o nuestros hijos nos acompañan en el camino de la vida, los único responsables de nuestra felicidad somos nosotros mismos. Y es compartiendo nuestra luz que somos espejos, porque todo ser humano sin excepción es un ser de luz.

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